sábado, 27 de julio de 2013

El Cuento Moderno

 Dijimos que el cuento moderno comenzaba a partir de Chejov. Su visión nueva del artefacto literario y su efecto lacónico, entre otras virtudes narrativas, así  lo confirman. También el Joyce de Dublineses anuncia el cuento moderno. Ambos escritores abandonan el final sorpresivo y la estructura cerrada.
  A diferencia  del cuento clásico que contaba una historia que se iba a desvelar más tarde, al final de la narración,  en el cuento moderno nunca la historia subterránea sube a la superficie. La historia que se encuentra entre líneas, o segunda historia, nada debajo de la primera como un rio con la superficie helada. Esa superficie de hielo es la primera historia, y el río que circula por debajo la historia subterránea.
  El cuento moderno es la búsqueda de un efecto único. Esto significa que el escritor no puede irse por las ramas. No hay lugar ni tiempo para ramificaciones. Solo la búsqueda del efecto único a través de la tensión narrativa que se va gestando lentamente al tensar ambas historias. Por lo general al llegar al final la tensión continúa logrando un ambiente emocional en el lector, diferentes emociones por las cuales deambula
n los personajes. Cuando un escritor es grande, como en el caso de Raymond Carver, esto último se cumple y el lector pasa a formar parte en la historia por ósmosis emocional.
  Muchos de estos cuentos pueden dejarte emocionalmente en una calle abandonada. O con la tensión interna propia de este tipo de narraciones.
  En el cuento no hay tiempo para disgregaciones o la descripción detallada del lugar de la acción como ocurre con la novela, donde dicha descripción podría abarcar un capítulo entero. La brevedad en este género es su forma.
  Si el cuento está bien parido desde el principio, escribirlo puede llegar a ser una tarea relativamente fácil. Pero en la mayoría de los casos, sobre todo cuando se trata de un escritor que lleve pocos años con el genero, esto no funciona. Es acá donde uno debe andar buscando el efecto mientras escribe, incluso mientras lo corrige y aun así, puede que el efecto no aparezca.
  Esto se debe a la poca experiencia. A causa de este inconveniente se reescribe el cuento decenas de veces sin que funcione. Después de mucho indagar, trabajar aparentemente en vano, uno se da cuenta de que nunca tuvo un cuento en sus manos. A lo mejor fuera tan solo una anécdota o quizás una novela sin desarrollar. Es algo que puede suceder y que el escritor aprende sobre la marcha.
  Ahora bien, si en un principio una persona interesada en aprender a escribir cuentos es capaz de escribir una historia, en el momento en el que conozca las técnicas literarias esa persona deja de escribir con la libertad con la cual lo hacía en un principio. Esto es completamente normal.
  Lo que sucede es que uno debe pisar los pedales, cambiar la marcha sin dejar de mirar al frente, y al comienzo es casi ineludible mirarse los pies. Con el tiempo este vicio va desapareciendo en la medida en que la técnica se va aprendiendo.
  Leer vorazmente y escribir de la misma forma, esta es la consigna. Y como dicha tarea es difícil de realizar porque la vida es mucho más que escribir (para algunos escritores), a veces el tiempo falta y lo robamos a los amigos, a los familiares o a cualquier evento social. Esta es la parte más dura del oficio de escritor.
  ¿Pero qué pasa o debe pasar con la técnica que tanto puede costar aprender en un principio? La verdad es que cuando uno la domina debe dejar de haber técnica. El escritor deberá manejarse ya en ese mundo tan difícil de etiquetar que es el universo del cuento.
  Recordemos: el cuento va detrás de un efecto único, o sea que este efecto es lo más importante en el cuento, incluso más importante que los personajes. El cuento de Cortázar: Casa Tomada, nos muestra con maestría el efecto del cuento donde la toma de la casa va sucediendo paso a paso, pero nunca se ve a quienes toman esa casa. Inclusive podríamos pensar que son alucinaciones de los protagonistas, pero lo importante es el efecto de la toma de la mansión como suceso inevitable.


  La escritura del cuento, o sale de un tirón, o no sale nunca, pues éste responde a una descarga psíquica casi compulsiva, y si ésta se resuelve de forma fallida o inverosímil en el relato, de nada servirá querer rehacer dicha descarga, cuando ya se ha diluido; por consiguiente el lugar más indicado para estos cuentos no debe ser otro que la papelera.  Gabriel García Márquez.

  

  «Nadie puede pretender que los cuentos sólo se escriban luego de conocer sus leyes. (...)...no hay tales leyes; a lo sumo cabe hablar de puntos de vista, de ciertas constantes que dan una estructura a ese género tan poco encasillable...»  Julio Cortázar.




miércoles, 24 de julio de 2013

sábado, 20 de julio de 2013

Manuales de técnicas narrativas.



  Manuales sobre técnicas narrativas existen muchos hoy en día, a diferencia de otras épocas en las cuales los escritores debían aprender el oficio con menos de la mitad de información que tenemos actualmente. Afortunadamente nos ha tocado una etapa en la que no hay nada sin desvelar sobre la escritura.
  Este tipo de libros representan  la biblia para el escritor. No se trata de manuales para leer sino para usar. Un escritor debe volver a ellos con frecuencia.
  Si recién comenzamos a escribir, cualquier libro sobre las técnicas narrativas nos vendrá bien. Uno de ellos puede ser: Las Voces del Relato, de Alberto Paredes, Grijalbo. Se trata de una guía tanto para principiantes como para escritores ya forjados, guionistas, periodistas, publicistas  y comunicadores.
  Si lo que deseamos es conocer cómo funciona un taller literario con uno de los escritores más grandes de las letras colombianas podemos leer: Cómo se cuenta un cuento, de Gabriel García Márquez.
  Todos los libros de Silvia Adela Kohan sobre el arte de escribir son muy provechosos debido a su profundidad y fácil asimilación.

  

sábado, 13 de julio de 2013

El Cuento Clásico

  El cuento clásico, como dijimos anteriormente llega hasta Chejov, donde se produce un quiebre y renovación del género. En este tipo de cuento también se cuentan dos historias, una subterránea y la otra a la vista. Lo que sucede es que durante el desarrollo se persigue la intención de un enigma que siempre es desvelado al final del cuento donde la historia subterránea sale a la superficie.
  Recordemos el cuento: El Algodón de Plumas, del gran Horacio Quiroga, que aunque es un escritor de nuestra época cuenta un cuento clásico con absoluta maestría y precisión del género corto. Es una historia en la que se plantea un enigma: el por qué de la enfermedad de Alicia.
  El proceso de este tipo de cuento saca a la superficie tres puntos de cruce entre la historia subterránea y la superficial. Hacerlo menos veces podría tomarse como una casualidad más que una maestría del escritor. Hacerlo más veces podría echar a perder el cuento desvelando antes de tiempo la historia subterránea.
  Dijimos que: son imprescindibles tres puntos de cruce para, entre otras cosas, acrecentar el enigma. Después de leer el cuento uno dice ¡ha, por eso era tal cosa y tal otra! Y las historias cierran perfectamente, el artefacto literario queda de esta manera bien construido.
  Es conveniente que los tres puntos de cruce no estén cerca. Si dividimos el cuento en principio, nudo y desenlace, es preferible que los puntos de cruce estén en el nudo. Aunque ya sabemos que en toda actividad humana existen excepciones, bellas excepciones a la regla.
  Si la historia de la superficie habla de que en un pueblo la gente va muriendo poco a poco y no saben por qué, es ahí donde está el enigma. Podría ser una plaga de laboratorio la causa de los decesos. De esta forma, mientras cuento que la gente se muere puedo decir que el protagonista caminaba desfalleciente por una calle y pateó sin querer unas capsulas, pero no les prestó mayor atención. Este sería un punto de cruce donde la historia de fondo sube y burbujea unos segundos en el borde de la historia de superficie. Claro que debería ser más sutil, este es tan solo un ejemplo. La complicación estriba en no desvelar toda la historia porque estaremos perdidos. Nuestro cuento comenzará a hundirse antes de haber zarpado.
  Quedamos entonces que un cuento clásico cuento una historia de superficie y otra subterránea, la cual sube hace visible en tres ocasiones muy sutiles para no desvelar el resto. Al llegar al final sale completamente al exterior desvelando el enigma.

  Existe un gran número de autores que han escrito este tipo de cuento. Uno muy recomendable: Guy de Maupassant.

domingo, 7 de julio de 2013

Decálogo del perfecto cuentista


 
Horacio Quiroga

I
Cree en un maestro. Poe, Maupassant, Kipling, Chejov, como en Dios mismo.
II
Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.
III
Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia
IV
Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.
V
No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.
VI
Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.
VII
No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.
VIII
Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.
IX
No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino
X
No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.


sábado, 6 de julio de 2013

El Cuento

                                                        

  El cuento literario es una historia contada con la máxima condensación, a diferencia de la novela, que tiende a disgregarse. Un cuento es un sistema en el cual confluyen diferentes artificios desplegados en mayor o menor capacidad según la maestría del escritor, no solo en la aplicación de las técnicas cuentísticas, sino también en la magia inexplicable que todo buen cuento debe tener.
  Las técnicas se pueden aprender, conectar con ese mundo mágico interior es un poco más difícil. Existen cuentistas no demasiado memorables en el momento de la técnica, pero inolvidables en su magia, como fue el caso del gran Jack London. A la inversa no funciona con tanta felicidad, aunque estudiar y utilizar la técnica es incuestionable si se quiere aprender bien este oficio.
  El cuento, como dijimos, cuenta una historia condensada, un mundo en el cual no hay mucho tiempo para extenderse con demasiados personajes y entornos. En este mundo de las historias cortas es más importante el hecho que el personaje. Crear un buen personaje es una materia en la cual uno debe aplicar muchas horas para aprender a diseñarlos y comprender su forma de actuar, no obstante en un cuento literario siempre el hecho en cuestión es lo más importante.
 El espacio en el cual se desarrolla la historia es de suma importancia. Podríamos decir que es algo así como otro personaje, (en este nivel de importancia debemos tenerlo). El tiempo, la atmosfera, lo particular y lo universal y por supuesto: un cuento siempre, siempre cuenta dos historias. La 1ª es la historia de la superficie, la que vemos todos con la lectura. La 2ª es la subterránea, en la cual solo los lectores avezados reparan en ella. Todos estos temas y más son los que conciernen a este taller literario gratis, los cuales desarrollaremos seguidamente.
  Otra cosa muy importante para tener en cuenta siempre es qué tipo de cuento queremos escribir, o en tal caso, qué tipo de cuento estamos leyendo al elegir a un autor. Existen dos clases de cuentos: cuento clásico y cuento moderno. Esta es una distinción muy difícil de encontrar en los talleres literarios porque la gran mayoría de los que imparten los cursos no lo saben. Lo he podido comprobar pasando por muchos de ellos más por curiosidad que por el afán de que me enseñasen algo ( porque escatiman mucho la información).
  El cuento clásico llega hasta Antón Chéjov. El cuento moderno a partir de Chéjov. Por ese motivo este escritor ruso es tan importante en la literatura. No solo por su nueva forma de escribir, sino por impulsar el cuento moderno. Mucho tiempo después, quien teorizó el cuento moderno fue Ernest Hemingway con su famosa teoría del iceberg.
  Para cerrar esta primera etapa en la que hablamos a grandes rasgos sobre el cuento y que luego desarrollaremos, podemos coincidir en que un cuento no se parece ni a la poesía ni a la novela, las cuales coinciden en muchos aspectos entre si. El cuento literario es la forma  más artificiosa y para muchos escritores la más complicada. Su naturaleza va dirigida a desarrollar un efecto de tensión que no culmina hasta el final en el cuento clásico, en el moderno la tensión llega al final y se mantiene en la mayoría de los casos. Metafóricamente hablando lo podríamos comparar manteniendo la tensión de una soga (acá se desarrolla el efecto) la cual se tensa cada vez más a medida que nos vamos adentrando en esta compleja maquinaria literaria donde nada se puede dejar al azar.

   Sin dejar ni un punto en su composición al azar ni a la intuición; que el trabajo avance paso a paso a su consumación con la precisión y el rigor lógico de un problema matemático.
Edgar Allan Poe, “Filosofía de la composición”.